El dragón exhaló su primera bocanada y el aliento despeinó el cabello dorado de la joven guerrera. Con valentía, ella levantó su espada, lista para enfrentar al temible monstruo que custodiaba la entrada a la cueva. Sus ojos azules centelleaban con determinación mientras se preparaba para el combate. El rugido del dragón resonaba en el aire, pero la guerrera no retrocedió.
Con un giro ágil, la joven esquivó las llamas que lanzaba el dragón y se lanzó hacia adelante con un rápido movimiento de su espada. El acero chocó contra las escamas del monstruo, enviando chispas en todas direcciones. La batalla era feroz, pero la guerrera no flaqueaba, su determinación era tan ardiente como el fuego del dragón.
El enfrentamiento continuó, con la joven luchando con todas sus fuerzas contra el imponente dragón. Cada golpe era un desafío, cada movimiento estratégico una prueba de su habilidad y coraje. La cueva retumbaba con el estrépito de la batalla, pero la guerrera no se dejaba amedrentar.
Finalmente, con un último esfuerzo, la joven logró asestar un golpe certero en el punto débil del dragón, derribándolo al suelo con un estruendo ensordecedor. El monstruo yacía derrotado a sus pies, mientras ella se alzaba triunfante, su cabello dorado ondeando con la brisa de la victoria. Había demostrado que, incluso ante la más formidable adversidad, el valor y la determinación podían prevalecer.
Relato 'mejorado'
El dragón exhaló una bocanada y su aliento despeinó el cabello dorado de la joven guerrera. El rugido de la monstruosa figura llenó el aire a su alrededor, pero a pesar del miedo, la muchacha no titubeó. Blandió su espada hacia la bestia que guardaba la entrada a la cueva. Otros habrían huido despavoridos, pero en sus ojos azules brillaban el valor y la determinación.
Con la agilidad de un gato, la joven esquivó las llamas y avanzó para clavar el acero, pero ni estocada ni tajo podían penetrar las escamas del dragón. Dientes, garras, fuego, el reptil acosaba a la guerrera por todos lados. Cualquier fallo en sus movimientos podía ser fatal.
La batalla era salvaje, pero ninguno conseguía herir al otro. La bestia sabía que el tiempo estaba de su parte. Tarde o temprano, ella flaquearía, sus movimientos serían más lentos, entonces sentiría sus garras, desgarraría su carne, bebería su sangre y, así, esa arrogante humana aprendería a no perturbar el sueño de un dragón.
Deleitado en sus pensamientos, no vio llegar su perdición. Ella lo había visto, el pequeño agujero en su coraza de escamas. Se detuvo un momento y miró al suelo. El dragón paladeaba la victoria y se alzó para asestar el golpe final, pero en ese momento la joven aprovechó el descuido y como una centella hundió su espada en el pecho de la criatura. Muerto al instante, el dragón se desplomó con un estertor y reinó el silencio. La guerrera levantó la vista al cielo y sus ojos volvieron a brillar, esta vez, con el gozo de la victoria.

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